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02/12/2012

Argentina define sus prioridades: ¿resolver AMIA o

Argentina define sus prioridades: ¿resolver AMIA o evitar un Irán nuclear?

Marcelo Falak

Como era inevitable, la decisión de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner de explorar una negociación con Irán para que los ciudadanos de ese país hagan frente a la acusación judicial de que tramaron el atentado a la sede de la AMIA abrió un debate profundo. Su definición de que cualquier avance en ese sentido será sometido a la consideración del Congreso y de los deudos de las 85 víctimas del ataque terrorista obliga a esas instancias, y, cómo no, a la comunidad judía y al resto de la sociedad a opinar sobre la novedad.

El problema es que dicho diálogo se produce en un momento particularmente caliente de la relación de la República Islámica con Occidente a raíz de su plan nuclear, lo que lleva a que actores internacionales relevantes como Estados Unidos e Israel fijen posturas que es necesario analizar. Y, también, ya en el plano interno, los tiempos actuales de extrema tirria política hacen que la cuestión sea analizada en los habitualmente binarios términos de oficialismo/oposición, algo que evidentemente se queda corto en función de la relevancia de la misma.

El asunto es polémico y no debe sorprender que las asociaciones que reúnes a familiares de las víctimas muestren posiciones divididas. Algunos, en función de la polarización política mencionada, descalifican a una de esas vertientes, la que lidera Sergio Burstein, por su supuesta cercanía con el kirchnerismo. Si ésa es la lógica, se podría hacer lo propio con la opinión adversa al diálogo que hizo conocer la DAIA, representante política de la comunidad judía, por considerarla influidas por los intereses de Israel. Una y otra idea, como toda descalificación, son incomprobables e injustas, además de empobrecedoras del debate. Mejor es desentrañar algunas claves de lo que está en juego.

Desde hace tiempo se viene especulando a nivel periodístico sobre un supuesto acercamiento espurio entre los dos países. Una de las “pruebas” que se dieron para ello fue la decisión del Gobierno argentino de no retirar a su delegación durante el discurso del provocador Mahmud Ahmadineyad ante la Asamblea General de la ONU el año pasado. Se omite que la Presidenta acababa de formular una invitación a negociar un posible juicio en un tercer país, siguiendo el precedente de lo ocurrido con ciudadanos libios que respondieron en Holanda por el atentado contra un avión de Pan Am sobre Lockerbie, Escocia, en 1988. El mismo, que dejó 270 muertos, quedó saldado con la condena del agente libio Abdel Baset al Megrahi, muerto de cáncer en mayo, y con un pago de u$s 2.700 millones en concepto de indemnizaciones por parte del régimen de Muamar el Gadafi. Se omite, entonces, que era de rigor, así las cosas, no abandonar la sala cuando el destinatario de la propuesta se dirigía al foro.

Más aun, la semana pasada, durante la última Asamblea General, sólo se retiraron del recinto las delegaciones de Estados Unidos, Israel y Canadá, permaneciendo las europeas, cuyos Gobiernos se sumaron este año a un boicot sobre el petróleo iraní como forma de presión para desarticular el plan atómico sospechado. Guste o no, la silla vacía u ocupada dista de ser un indicio de complicidad.

La otra cuestión mencionada como gesto de acercamiento es la comercial. Al respecto se señala que las exportaciones a Irán aumentaron un impactante 1.000% desde 2005. ¿Una prueba irrefutable? No, ni mucho menos. Por un lado, el cálculo se hace sobre ventas argentinas cercanas a cero en ese año, y de irrisorios u$s 6,5 millones en 2006. El año pasado, las mismas superaron los u$s 1.000 millones, entre las que cabe consignar las de aceite de soja, sometidas a limitaciones por parte de China, lo que da cuenta de un desvío de comercio.

Por otro lado, las exportaciones no tienen como marco ningún acuerdo entre Gobiernos y no son obviamente, realizadas por el Estado nacional. Sus responsables son agentes económicos privados, es decir las principales empresas cerealeras que operan en el país.

Una alta fuente de la Cancillería israelí le dijo el mes pasado a este periodista en Jerusalén que el Gobierno de Benjamín Netanyahu no objeta las relaciones comerciales de ningún país con Irán, al menos las que están al margen de las sanciones internacionales decididas por Naciones Unidas. Y la embajada hebrea en Buenos Aires consideraba a la Argentina, al menos hasta antes del anuncio de las negociaciones con Teherán, como un aliado.

Efectivamente, la República Islámica está sometida a un embargo petrolero, al que se ha plegado este año la Unión Europea. Eso no obsta para que el bloque haya mantenido exportaciones estables y superiores a los u$s 10.000 millones en los últimos años, que Alemania sea el principal beneficiario de las compras iraníes, sobre todo en el rubro de los bienes de capital, y que hasta los Estados Unidos le hayan exportado en 2010, cuando el temor a “la bomba” iraní ya era tangible y ambos países seguían, claro, sin tener relaciones diplomáticas, por más de u$s 200 millones, una cifra modesta pero concreta.

En los últimos días, incluso, empresas privadas y el propio Estado iraní salieron al mercado internacional para aprovisionarse de un millón de toneladas de trigo. Algunos de los principales proveedores fueron… países de la UE.

¿Qué explica, entonces, el giro de los acontecimientos entre nuestro país e Irán? En buena medida, las propias sanciones internacionales, que están haciendo daño a la economía persa, tal como reconoce reservadamente la Cancillería de Israel y reveló la semana pasada el diario Haaretz.

El desquicio es tal que las exportaciones iraníes de crudo se han desplomado un 50% en el último año, y que el dólar subió un 40% contra el rial en el último mes y un 130% en un año.

Para el régimen de los ayatolás, es vital romper el cerco externo, salir del aislamiento, y en América Latina han encontrado terreno fértil para eso. Con el eje bolivariano, desde ya, pero también con Brasil, que, aunque más visiblemente con Luiz Inácio Lula da Silva que con Dilma Rousseff, sigue siendo el principal exportador regional a ese país y nunca retira a su delegación en los discursos del presidente ultraislamista.

Además de las sanciones, sobre Irán pesa la posibilidad concreta de un ataque militar a sus instalaciones nucleares, algo sobre lo que Israel insiste y para lo que presiona a la administración de Barack Obama, más interesada (sólo por ahora) en las presiones económicas y diplomáticas. Netanyahu fue claro al respecto en su discurso ante la Asamblea General: el mundo debe establecer una “línea roja” para un golpe preventivo que, probablemente, se produciría no más allá del año que viene.

El plan nuclear iraní no es un invento reciente. Se remonta a la época de la monarquía proestadounidense, prosiguió con la República Islámica y se convirtió en obsesión gubernamental y hasta social en los últimos años. ¿Para “borrar del mapa” a Israel? Sí, según dicen sus líderes más fanáticos, pero también como reflejo de las decisiones políticas de Washington, que, no sólo mantiene su flota en el Golfo Pérsico sino que ocupó el país ubicado al este de la frontera iraní (Afganistán), el que está al oeste (Irak) y que apoyó los derrocamientos de dos dictadores que, en el pasado, habían resignado sus aspiraciones nucleares: Sadam Husein, ejecutado en la horca, y Gadafi, linchado por una turba de milicianos apoyados por Occidente. Casos testigos poco tentadores para otros tiranos invitados a portarse bien… Ese combo, sumado al carácter nuclear de Israel y a la protección estadounidense de las monarquías petroleras de la Península Arábiga, más enemigas que rivales de Irán, ¿podían tener otra respuesta que la búsqueda del arma nuclear?

Cuando Israel dice que dicha búsqueda es una “amenaza existencial” dice la verdad. ¿Debe sorprender, entonces, que su Cancillería manifieste su “gran desilusión” por el diálogo argentino-iraní, o que la Casa Blanca advierta que ese camino no sería “benigno”? Claramente no, puesto que para ambos Gobiernos la cuestión atómica y el aislamiento internacional de Teherán son las prioridades excluyentes.

¿Vale, por otro lado, el argumento de que la Argentina no debería negociar con un Estado amplia y justamente sospechado de actividades terroristas en el mundo? Es opinable, claro, pero cabe recordar que el propio Estado judío ha negociado y negocia abiertamente con grupos como el palestino Hamás y el libanés Hizbulá, desde ceses del fuego hasta intercambios de prisioneros y de cuerpos.

Además, el factor irritante que supone Ahmadineyad, un negacionista del Holocausto, entre otras calamidades, quedará barrido de la escena política iraní en las elecciones de junio próximo, en las que no podrá competir por una segunda reelección. El controvertido presidente es, cabe recordar, muy resistido en las propias altas esferas del régimen por su estilo populista y provocativo y, si nos guiamos por lo dicho en parte de la prensa paraoficial, incluso por sus comentarios negacionistas. En los últimos meses libró y perdió una puja sorda con el líder supremo, Alí Jameneí, el verdadero poder en ese país. La prensa occidental suele exagerar la influencia del presidente dentro de una teocracia que deja la conducción de las líneas estratégicas del Estado en una instancia superior a él.

Dicho lo anterior, no parece una herejía que la Argentina explore, más aun con las salvaguardias oportunamente anunciadas, una vía de diálogo que pueda llevar a esclarecer el caso AMIA. Con la llamada “conexión local” en vía muerta debido al carácter impresentable de su instrucción, renunciar a estos contactos implicaría resignarse a que los “cerebros” internacionales de la masacre queden también impunes.

Puede resultar tentador para algunos convertir una causa tan sensible en un arma arrojadiza más dentro de la impiadosa política argentina de la actualidad. Pero los familiares de las víctimas merecen que sus voces sean escuchadas sin interferencias, ya sea que se decanten por la aquiescencia o por el rechazo.

Ese diálogo puede llevar a determinar de una vez por todas si la “pista iraní” responde a una investigación judicial contundente o es un cúmulo de datos de inteligencia. Su destino dista de estar asegurado, y las prevenciones sobre el interlocutor están más que justificadas. Pero el único camino seguro hacia el fracaso es sentarse de brazos cruzados.

Marcelo Falak, 44, es periodista, licenciado en Ciencia Política (UBA), especializado en Relaciones Internacionales (FLACSO)

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