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06/11/2017

El drama del submarino destapa un demorado debate sobre la defensa en Argentina

Marcelo Falak

Un sentimiento de déjà vu se impone estas horas en la Argentina: un drama, que involucra decenas de vidas, dispara debates imprescindibles pero largamente ignorados por los sucesivos gobiernos e, incluso, por la sociedad.

La desaparición del submarino ARA San Juan, explosión mediante y rodeada de malos augurios, saca a la luz la cuestión militar o, mejor dicho, la ausencia de una doctrina clara de defensa y presupuesto.

“La Argentina necesita una nueva estrategia de defensa. Debe definir para qué quiere a sus Fuerzas Armadas y sus funciones y, luego, reequiparlas en consecuencia. Eso es muy caro, pero tiene sentido si se piensa a largo plazo, a veinte o treinta años”, dijo Rut Diamint, profesora de Seguridad Internacional en la Universidad Torcuato Di Tella e investigadora principal del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Tecnológicas (CONICECT).

La especialista, que fue asesora del Ministerio de Defensa entre 2003 y 2005, recordó que la falta de un perfil claro y razonado hizo que en tiempos recientes se haya “comprado equipamiento que muchas veces no sirve”.

La Argentina destina menos del 1 % de su PIB a defensa, contra un 1,3 % de Brasil o un 1,9 % de Chile. Según Diamint, ese es un parámetro a tener en cuenta aunque resultar confuso hacer comparaciones automáticas solo en base a él. Lo importante es dar un rol claro a las Fuerzas Armadas y el tamaño óptimo que debe dárseles en consecuencia, sobre todo en número de hombres, para después definir los recursos necesarios.

Así como están dadas las cosas, el 85 % del presupuesto del área se destina al pago de salarios, lo que deja muy poco para el mantenimiento del equipamiento existente y mucho menos aún para la incorporación de material nuevo y tecnológicamente adecuado.

En medio del actual estado de conmoción nacional, todo lo que se dice sobre el nivel de preparación de las Fuerzas Armadas en general, y de la Armada en particular, resulta ominoso. Sin embargo, Diamint señala que las mismas están “relativamente equipadas para operar” y destaca el nivel de formación de sus cuadros, lo que les permite, en muchos casos, ocupar roles importantes en diversas misiones internacionales.

Cuando se indaga más abajo, entre los hombres y mujeres que utilizan cotidianamente el equipamiento, surge que la cantidad de fallas e inconvenientes es mayor que la tolerable. Esto dicho más allá de la situación particular del ARA San Juan, que recibió su servicio de media vida en 2014 en astilleros nacionales considerados a la altura del desafío. Más allá de la ciclotimia nacional y de la pertinencia del debate en curso, y mientras se espera una investigación exhaustiva del drama en curso, recordemos que los accidentes pueden muchas veces ser solo eso: accidentes.

Ese personal que da cuenta de fallas de material militar explica que una cosa es operar en condiciones de prueba y otra muy diferente es hacerlo en el mundo real. En el caso de un submarino, por ejemplo, en aguas abiertas y en medio de inclemencias climáticas. El resultado de una prueba en puerto cambia cuando una misión, por caso, debe extenderse por varios días en condiciones adversas.

Lamentables problemas de comunicación, sumados al drama de los cuarenta y cuatro tripulantes por cuya suerte todo el país contiene el aliento, hacen muy probable que rueden cabezas pronto en la cúpula de la Armada. En particular, se observa la situación de su jefe, Marcelo Srur. Hasta allí llegaría, en el corto o mediano plazo, la atribución de responsabilidades. Sin embargo, desde fuera del Gobierno se señala también críticamente al ministro de Defensa Oscar Aguad, cuyo silencio en los últimos días ha sido estruendoso.

Aguad es un abogado de la Unión Cívica Radical, amigo de Mauricio Macri y un hombre sin ningún conocimiento en la materia. Más grave aún, sus asesores inmediatos, a los que llevó con él, tampoco saben de temas militares. El haber considerado la cartera de Defensa más como un premio a un viejo aliado que como un lugar sensible habla claramente de la baja prioridad que se le da a la cuestión.

Los intentos de politización de la desaparición del submarino, con todo, deberían cesar: la desatención del área de defensa ha sido una constante desde el retorno de la democracia, en diciembre de 1983. El ahogo presupuestario es de larga data y el kirchnerismo que gobernó doce años no puede mirar hacia otro lado. Pero el propio Gobierno de Macri redujo para 2018 en un 18 % nominal la inversión en mantenimiento de la infraestructura naval, a lo hay que sumar el deterioro de una inflación que cerrará este año en alrededor del 22 %. No hay inocentes.

Los sucesivos gobiernos democráticos han sido eficaces en liquidar el poder político de las Fuerzas Armadas e, incluso con marchas y contramarchas, terminaron por llevar a los tribunales a los responsables de violaciones de los derechos humanos durante la última dictadura. Pero nunca supieron (¿ni quisieron?) dar el paso siguiente: redefinir el rol del aparato militar y reinsertar a las fuerzas en la sociedad.

Con un territorio extenso, con largas fronteras con cinco países, con un litoral marítimo de más de 4.700 kilómetros y con una zona económica exclusiva cuyos recursos pesqueros son depredados ilegalmente por barcos extranjeros y cuyas riquezas hidrocarburíferas todavía ni han sido exploradas, es claro que la Argentina necesita relanzar sus Fuerzas Armadas.

Dicho de otro modo, debe salir de la infancia.

Marcelo Falak es Editor jefe de Internacionales en Ámbito Financiero. Columnista en FM Milenium. Licenciado en Ciencia Política (UBA), especializado en Relaciones Internacionales (FLACSO) y master en Historia (UTDT, en curso)

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