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Liber…qué?, egali…qué?, fraterni…qué?

Liber…qué?, egali…qué?, fraterni…qué?

24 de abril de 2020 - 10:36:25
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Ángel Gómez de Ágreda

Leo en la prensa que Francia – Libertad, Igualdad, Fratenidad- ha pedido a Google y a Apple que limiten la privacidad de sus usuarios para crear su app de rastreo.[1]

La situación se ha vuelto tan surrealista como lo sería colocar cámaras de vigilancia con reconocimiento facial de alta resolución y largo alcance aprovechando la posición de la antorcha de la Estatua de la Libertad.

Para guillotinar al coronavirus no vale volver al régimen del terror de la Francia revolucionaria ni al de la China tecnoparanoica. El miedo se siente en las calles (vacías) pero se sienta en los escaños del poder. Miedo a lo desconocido y a lo invisible, por un lado, a la sensación de que los viejos modelos ya no sirven, por el otro. Miedo a un virus que nos demuestra que no somos invulnerables ni siquiera en el sancta sanctorum de nuestras ciudades más sofisticadas y pánico de patas de cabra ante el vacío de liderazgo.

Como es habitual, la maquinaria de guerra mediática se ha puesto en marcha para intentar, a toda costa, desviar atención y responsabilidad de los errores propios para garantizar la supervivencia política de gobiernos y Estados. Propaganda de guerra para crisis de credibilidad. Que si han sido los chinos, que si los americanos, que si España e Italia lo han gestionado fatal, que si habría que haber hecho esto, lo otro o lo de más allá. Diplomacia de ventilador en marcha para esparcir inmundicia para tapar las propias vergüenzas.

Hace ya varias semanas que los estudios científicos serios prácticamente descartan el origen artificial del virus que nos afecta. Los países -Reino Unido, Países Bajos o Estados Unidos- que miran por encima del hombro a los demás presentan, a pesar de las distorsiones, unas cifras tan vergonzosas como sus declaraciones. El sálvese-quién-pueda se ha extendido a todos los niveles, desde el personal y familiar hasta el estatal.

Desde nuestros encierros domiciliarios, el acceso a la información se ve restringido a los pocos metros cuadrados que la mayor parte de los mortales atisbamos a través de nuestras ventanas y a los millones de datos que nos bombardean desde las redes sociales y las ondas de la radio y la televisión. ¿Hace ruido un árbol cuando cae en medio del bosque sin que nadie lo oiga? ¿Existe algo fuera de nuestro alcance visual si nadie lo ve ni nos lo cuenta? La información es, hoy más que nunca, poder. Cuando nuestro mundo físico está restringido a cuatro paredes, el cognitivo -a través del digital- es nuestro nuevo horizonte.

Por eso se hace preciso el control de la información. “Datos”, pedía “Número 5” en la película “Cortocircuito”. Datos para entender el mundo, datos para ser lo que él entendía por un ser humano. Información sobre el mundo e información del mundo sobre nosotros.

Nuestro deseo de no ser árboles que caen en el bosque sin hacer ruido nos impulsa a proporcionar nuestros datos. A falta de interacción personal, lo hacemos con estas pantallitas tan inofensivas que nos han vendido como ventanas al mundo cuando, en realidad, son más ventanas del mundo hacia nosotros. Y lo hacemos sin darnos cuenta de que estamos proporcionando briznas de información a nuestros amigos y a los que no lo son, pero también cargamentos completos de datos para aquellos que diseñan el mundo que vemos a través de esas pantallas.

Vendemos nuestras expectativas y deseos para que alguien los aproveche para vendernos sus productos, nuestros miedos y esperanzas para que otros los moneticen dirigiendo nuestras convicciones. ¿Vendemos? No, ni siquiera los vendemos. Ni los regalamos. Pagamos por tener el privilegio de exhibirnos y por la descarga de dopamina de un pulgar alzado. Compramos de nuestro bolsillo la cámara que el Gran Hermano pone en nuestras habitaciones.

Nos hemos vuelto perezosos a la hora de luchar por nuestra seguridad y la hemos delegado hasta tal punto que, cuando realmente la crisis se convierte en pandemia global que tiene que gestionarse desde las instituciones, no nos quedan más activos que vender nuestra alma en el mercado de futuros de la libertad.

Hemos normalizado la vigilancia de las cámaras, de las bases de datos, de la personalización de la información que mejora nuestra “experiencia de cliente”. No se ha demostrado, siquiera en teoría, que el seguimiento digital que permitirá la alerta temprana de infecciones a través de aplicaciones instaladas en nuestros teléfonos móviles vaya a ser efectivo más que para terminar de acostumbrarnos a vivir constantemente bajo el ojo electrónico del microscopio. Y, sin embargo, ya nos hemos resignado a su presencia.

Cuando todo se conoce sobre uno -y con la posibilidad añadida de su monitorización automatizada- el margen de maniobra para salirse de la legalidad o de la norma se reduce a un 0,0% más real que el de las cervezas. La restricción de la tolerancia al desvío respecto de lo óptimo para la sociedad es el siguiente paso lógico. No ya no hacer lo prohibido, sino estar obligado a hacer lo apropiado. Ante esa lógica, quien determine qué es lo apropiado y pueda forzar a su cumplimiento habrá convertido a la población en títeres con cabeza de turco, personas incapaces de tomar sus propias decisiones, pero que conservan la responsabilidad sobre sus acciones u omisiones.

Liber… ¿qué?

La universalización del control y del conocimiento profundo de las personas otorga un poder sin precedentes históricos a aquellos que tienen acceso a los datos. No hay dónde esconderse. La sociedad excluye al inconforme, al disidente, al inadaptado digital.

El ganador se lo queda todo. Los países han decidido, por mor de la sencillez y la interoperabilidad, ponerse en manos de Google y Apple para desarrollar sobre su modelo las aplicaciones para el seguimiento de los ciudadanos, digo de la pandemia. No queda otra, el ciberespacio en el que vivíamos en parte hasta hace unas semanas y de forma casi exclusiva ahora está en manos de empresas privadas de esas too big to fail. Empresas que generan monopolios u oligopolios mundiales no en cuanto a la producción, pero sí en cuanto a la distribución.

Claro que, si no puedes venderlo, ¿para qué vas a producirlo? Y, si no puedes contarlo, ¿para qué vas a hacerlo?

Las desigualdades sociales y económicas no son el producto de la digitalización ni de la globalización, pero sí se nutren de ambas. El acceso a la tecnología será un factor de creciente desigualdad, pero mucho más la agilidad en la adaptación a los usos novedosos de la misma. No hay futuro para aquellas regiones que estén desconectadas de la fibra igual que no lo hay para las que estén fuera de las rutas comerciales tradicionales. Y el futuro es muy incierto para aquellas personas, empresas y países que no sean capaces de hacer la transición digital a tiempo.

En enero de 2005 tuve la oportunidad de sobrevolar en helicóptero la ciudad de Banda Aceh, la más castigada del tsunami que luego se reflejó en la película “Lo imposible”. El agua penetró en la ciudad, que se encuentra en una península en el extremo norte de la isla de Sumatra, desde dos ángulos distintos y arrasó todo lo que encontró a su paso varios kilómetros hacia el interior. Recuerdo estar asomado a la ventanilla del helicóptero de la Armada en el que volaba hacia el barco que teníamos desplegado allí en misión humanitaria y ver un pesquero de unos veinte metros de eslora sobre los restos de lo que había sido una vivienda a más de dos kilómetros de la costa.

La pandemia está arrasando de un modo muy similar el tejido productivo -y de consumo- existente hasta ahora. Sobre los escombros, será preciso levantar una nueva economía a la vez que se restañan las heridas humanas. No habrá tiempo para el duelo porque la siguiente ola ya está llegando, y habrá que levantar diques donde se pueda y reconstruir aquello que no se pueda o deba salvar.

Porque no necesariamente habrá que salvarlo todo. Igual que Roma después del incendio neroniano, la pandemia será una catástrofe para casi todos, pero también una oportunidad para hacer una transición que hace tiempo que venía siendo necesaria. Un cambio en el modelo productivo y de consumo, pero también una transición verde.

Aquellos que entiendan esa necesidad, emplearán sus recursos a construir, y no a reconstruir. Aquellos que estén en condiciones, dedicarán sus esfuerzos a diseñar una ciudad que sea, no solo resistente a futuros tsunamis, sino también capaz de posicionarse como un hub estratégico en el comercio en la región. Aquellos que no, seguirán siendo pescadores en un mar de plásticos.

Sería deseable que, esta vez, el incendio no sirva solo para que el Emperador construya su Domus Aurea.

Egali… ¿qué?

Algunos han querido ver en la globalización una de las víctimas de la covid-19. Incluso se han alegrado de ello. Sin embargo, necesitaremos de más globalización para hacer frente a los desafíos que, como la pandemia, van mucho más allá de las fronteras nacionales.

No cabe preguntarse cuáles son estos desafíos, sino cuáles no lo son. Cuesta identificar alguna actividad que no genere el efecto mariposa más allá de nuestro control.

El gran cambio que hemos vivido en estos últimos años, que se ha agravado en estos últimos meses y se ha hecho evidente en las últimas semanas es un paso de un estado basal de seguridad a uno de inseguridad por defecto. Nos sentimos inseguros (la seguridad es una sensación, no lo olvidemos) y, en esas condiciones, tomamos decisiones muy distintas a las que tomaríamos desde una sensación de un futuro más previsible.

En Estados Unidos, la población compra armas, en Europa, acaparan papel higiénico, en otros lugares, se saquean supermercados. Los países, igual que las personas, muestran su miedo encerrándose en sí mismos como si una crisis económica de las dimensiones de las que viene se pudiera contener en la caseta de un paso fronterizo. Como si fuera inteligente construir el relato de la prosperidad propia sobre el de la miseria de los demás.

Lo internacional y lo multinacional no sabe o no contesta. O da una respuesta poco convincente y se le priva de la financiación. En Europa, Schengen ha desaparecido del mapa y los mecanismos que se habilitaron -y aquellos que no se quisieron habilitar- para dar cauce no a la solidaridad, sino a la construcción de un proyecto común, se cuestionan cuando llega el momento de sacarlos del cajón. Algunos solo lo contemplarán cuando sean sus propias barbas sin remojar las que se estén rapando.

Solidari… ¿qué?

Nota: https://elpais.com/tecnologia/2020-04-23/francia-pide-a-apple-y-google-que-limiten-la-privacidad-de-los-usuarios-para-crear-su-app-de-rastreo.html.

Ángel Gómez de Ágreda es coronel del Ejército del Aire, ha sido jefe de cooperación del Mando Conjunto de Ciberdefensa y representante español en el Centro de Excelencia de Cooperación en Ciberseguridad de la OTAN. Es también autor del libro Mundo Orwell, ganador de los Premios Know Square 2019 - Mejor Libro de Empresa.